Intento ocuparme de temas más bien positivos en este blog, pero hay cosas que te llevan al límite de lo que es posible asimilar mentalmente. La Real Academia Española define a los ineptos en su diccionario (© Todos los derechos reservados) como “no aptos ni a propósito para algo”. También como “necios o incapaces”.

Siempre he defendido que hay que ser muy generoso con la ineptitud. Todos somos o hemos sido ineptos en alguna cosa a lo largo de nuestra vida. Y esa generosidad, cuando se produce, ha sido como un bálsamo para remediar heridas irreversibles en nuestra autoestima o confianza.

Sin embargo hay una ineptitud atrevida, osada, ostentosa, petulante, destructiva, casi delictiva socialmente hablando… Es una ineptitud peligrosa.

Aunque cueste trabajo admitirlo existe el inepto profesional, que sabiendo perfectamente de su condición se dedica a destruir, a generar ruido y confusión, sembrar dudas, calumnias, sandeces… Este prototipo de inepto está desgraciadamente por demasiadas partes.

Pero especialmente se cobija en aquellos entornos como el ámbito de lo público, o cercano al cobijo del poder. Allí no solo proclama su ineptitud a los cuatro vientos sin el más mínimo rubor sino que se dedica a trabajar en la gangrena de aquello que lo pone en evidencia.

Lo más peligroso es que precisamente en estos ámbitos hay fondos públicos e inmensos medios disponibles de todo tipo para tapar los errores. Los ciudadanos no llegan a tomar conciencia de los costes de la ineptitud, ni de los ineptos. Pero estos costes existen y si se tuvieran que cuantificar en términos del % del PIB me atrevería a aventurar que quizás adquirieran una cuantía muy superior a nuestra factura energética. Es una lástima que Al Gore, no los haya incluido en su cruzada.